En medio del desespero que ello suscita, inversiones en Wall Street donde se concentra el juego de luces provocado por las emisiones de dólares con las que la Reserva Federal monetiza el trabajo formal e informal de cada persona que se levanta diariamente y que por defecto realiza alguna actividad cotidiana, un proceso que toma su propio curso en los últimos 80 años o de otra forma, a la postre de la Segunda Guerra Mundial, y con lo que proyectaban obtener ingentes ganancias en el largo plazo, desean ahora monetizarse de manera inmediata y a como dé lugar, por lo que el temor se localiza en qué pueden hacer las Big Tech occidentales con la información personal y empresarial que han acaudalado en el primer cuarto del siglo XXI, en medio del apremio de resultados, entre otros, la información de claves de acceso de cuentahabientes bancarios que realizan transacciones online segundo a segundo a través de sus smartphones o laptops.
Hace un par de semanas, el intento de Wall Street de contener el disparo de los precios internacionales de los metales mediante la saturación del mercado con la subasta de plata condujo a una corrida debido a que el precio del metal en EEUU se entregaba a 80 dólares la onza mientras en Shanghái se adquiría a 120, un indicador más de como Washington pierde el control del sistema económico internacional y que se suma a la perforación del Swift y la lenta pero progresiva incursión del comercio entre países en monedas nacionales al margen del dólar, en particular lo que sucede con los BRICS y la matriz que se proyecta al Sur Global.
Las posibilidades de un aterrizaje lento “y pacífico” de la situación estadounidense de hace un par de años ha quedado atrás mientras emerge la opción militar como último recurso en la defensa del dólar.
El abultado volumen de dólares impresos y concentrados en Wall Street ha conducido a un disparo de precios para la producción de cualquier insumo en EEUU. Durante el primer gobierno Trump en medio de la pandemia y la escasez de tapabocas, la Casa Blanca optó por financiar empresas que los produjeran en propio suelo, pero lo que resultaba contrastante en precios debido a que el tapabocas producido en EEUU era un 70% más costoso que el que se importaba de China.
Piénsese en los efectos que ello trae, si se piensa en encarar una guerra; los costos de las municiones, lo que incluye misiles, o incluso los costos que involucra el desarrollo tecnológico considerando por ejemplo lo que sucedió con DeepSeek, la Inteligencia Artificial desarrollada por Beijing que se realiza a una fracción de los costos que involucran los proyectos en Occidente con Chat GPT, Gemini o Grok. De recordar, que las Inteligencia(s) Artificiales creadas en China tienen mejores prestaciones que sus competidores estadounidenses y que explica el espectáculo de los robots humanoides de la Gala del Festival de Primavera de Unitree en China de la semana que termina.
Por su parte, el bitcoin la moneda representativa de los abultados niveles de emisiones de dólares también ha pinchado con una caída constante; desde el pasado octubre en un 40% pasando de los 125 mil dólares por bitcoin a 68 mil dólares en la actualidad. “Un” bitcoin en pesos colombianos equivale a 245 millones de pesos.
La guerra en el fondo traduce la escena de la batalla por ingresos y si se piensa en Wall Street en esto no hay límites morales por lo que se habla con naturalidad de Anexiones de territorios o de economías a través de aranceles.
Y si obtención de dinero se trata… Como se sabe, para recibir autorización de comercialización de algún producto en Estados Unidos, este debe gozar de puertas traseras que permitan su control. Ahora, para que los productos no queden en cuestión respecto de las “medidas de privacidad”, se crean empresas tapadera, como la israelí NSO que comercializa el ransomware Pegasus.
La lluvia de llamadas internacionales o nacionales a los smartphones personales son parte del fenómeno como lo que sucede con modalidades como el phishing o ventanas emergentes con las cuales, compañías multinacionales en bolsa en Estados Unidos, ahora pretenden concretar contratos de pago de manera irregular a cobrar por empresas de telefonía que operan en cada país y estas a su vez, a los propietarios de las líneas. De hecho, hoy son más costosos los fraudes a los que quedan expuestas las personas en el uso de transacciones en internet, que sus equivalentes, si se piensa en hurtos convencionales en las calles.
Mientras que, por cosquilleo o raponazo, los costos anuales en Bogotá son de 47 mil millones de pesos, su equivalente llevado a cabo mediante internet asciende a 480 mil millones de pesos, es decir, más de diez veces.
No olvidar. En buena parte de países del mundo, la responsabilidad de los hurtos que se realizan mediante el uso de internet recae en el sistema bancario o entre quienes prestan el servicios en la cadena del mercado digital, entre ellas las compañías de telefonía, quienes tienen el músculo financiero y tecnológico del que carece un usuario de a pie.
Recordar, los corsarios eran considerados delincuentes al margen de cualquier estado por siglos y solo el paso del tiempo y la filtración de información evidenció la existencia de “las patentes de corso” expedidas de manera clandestina por parte de estados centrales europeos.
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