En los años ochentas era común ver llegar a los
pueblos o municipios del país gentes con voluminosas, elegantes y pesadas
maletas, generalmente bien vestidos, lo que incluía saco y corbata, zapatillas
bien lustradas, algo excepcional en esas latitudes.
Estos, establecían con claridad la geometría de
los municipios, sus calles principales por norma conectados o en la misma plaza
principal (el lugar de comercio por excelencia, antecedente de los actuales
centros comerciales o grandes superficies, eso sí, mucho más democráticos si se
piensa en el acceso de pequeños productores locales y donde se intercambiaban
productos agrícolas entre sí, y entre estos y los “importados”). Por su puesto,
el carácter de importancia de las calles estaba definido no solo por los
accesos al municipio como su conexión con la estructura que se sale de lugar
respecto de las proporciones en cuestión de dimensiones, “la casa de Dios” (no
tiene alguna similitud arquitectónica, con otra casa de la urbe), y lo que se
explica porque su construcción es financiada por la mancomunidad de las
personas de la urbe.
El visitante así presentado colocaba pues los
ojos en lo que consideraba más prometedor respecto del posicionamiento en vitrina
de los productos a ofertar y que pertenecían a importantes compañías textileras
del país; primero fueron telas (y que entraron en competencia con las telas de
los telares locales), pero que promovió la rica y prodigiosa actividad de
sastres, eclipsando el bordado a mano. En su momento, era común que en las casas
no faltara la máquina Pfaff o Singer, de pedal o con motor, donde se cosían
directamente las ropas. (hay un paralelo con lo que sucedió con sandalias y la
manufactura de zapatos y productos con el cuero que se originaba en las plantas
de sacrificio de reses o cerdos. Los municipios tenían sus propias generadoras
de energía donde se explotaban saltos de agua, de hecho, había pequeñas
empresas de bebidas por municipio, como decir, gaseosas).
El representante comercial, luego progresó a la
oferta de manufactura textil terminada y lo que se extendió a la incursión de líneas
de electrodomésticos, lo que se mezclaba con la cacharrería, ese sí que
requería que los dueños de los almacenes locales se desplazaran hasta las
grandes ciudades para realizar compras y pagar fletes para hacer llegar estos
productos hasta los municipios.
A este mercado convencional sobrevino la
denominada mercadotecnia donde más allá del valor de uso de los bienes a
comerciar(como una ruana convencional que lo importante era protegerse del
frío) se integraron factores psicológicos de los compradores, sacando ventajas
de lo que llamaba la atención a los ojos como el color (la teoría del color),
las formas y textura de los productos(el tacto), su ergonomía (que permitan ser
sujetados con facilidad con los “deditos” de las manos que tenemos los
humanos), las denominadas “fragancias”(el olfato). También hay teoría sobre
música de fondo (ya se sabe a qué sentido va ello). Más tarde ello evolucionó a
lo que se denominó como “la moda” es decir, lo “in”, “lo fashion” y que se
proyecta desde modelos de consumo impulsados particularmente con la incursión
de la televisión, con los estereotipos de repetición (skinner de nuevo) de
masculinidad, feminidad o estatus.
En las Grandes Superficies (como si la plaza
pública en el pasado no lo fuera, entre otros, no era privada), la disposición
de los productos en las Góndolas se profesionalizó: los productos de primera
necesidad como carnes, pan o leche, se disponían al fondo obligando a que el
comprador recorriera la mayor parte del almacén. La altura a los ojos pagaba
comisión especial por visibilidad (ahora son las propias marcas) y en la parte
baja, las marcas que en medio de todo eran menos promovidas. Las cajas de pago,
con minimercado de snacks o dulces de paquetería.
Ahora bien, los Super frecuentemente establecen
una localización constante para los productos en las Góndolas por lo que las
personas llegan y ahora se detienen o observar con más detalle el producto,
contenido o fechas de vencimiento y es visible que al modificar dicha
localización espacial de los productos, hace que la rigurosidad mencionada se
relativice debido al gasto de tiempo, movimiento y observación que para cuando
se llega al lugar, sea en buena parte descartada. Esto para decir, que abrumar
con contenido es un gancho con el que se disuade la actividad cerebral en la
selección o desempeño en cualquier función que se presente: la referencia se
pierde y la decisión, respecto de la que se hiciera sin distractores, también.
Aplica para todo tipo de selección e incluye aspectos relativos a la política.
Consideremos ahora “la tienda” actual provista
por el Smartphone, entre otros, que es totalmente virtual, porque nada puede
tocarse, verse realmente u olfatearse y que trasciende a la Gran Superficie,
donde una persona “normal” en 62 minutos de Scroll se expone a entre 600 y 1200
pantallazos.
A esto hay que sumar otros elementos, como que
en el pasado un vendedor enfrentaba al comprador con sus ojos, cuando llegaba a
un almacén donde cuando más lo determinante era la pinta, como solían decir.
La tienda virtual es alimentada con la
información privada que obtienen las Big Tech, información que se recauda,
almacena y analiza 24/7 a través del Smartphone. De hecho, percibe y acumula en
su análisis horas y tipo de sueño. El tv de bolsillo tiene un micrófono asimilable
a uno ambiental por el alcance del mismo y que puede llegar a metro(s) a la
redonda, frecuencia que es analizada y comparada, estableciéndose la actividad
o lugar donde te encuentras mediante el cruce de información de viaje en Maps o
Waze, lo que se suma al ruido ambiente y localización GPS.
La tienda de pronto sale como ventana emergente
o publicidad remezclada con la actividad que se realice en el smartphone y
conoce si hay recursos económicos en cuentas bancarias por lo que se perfila la
capacidad de compra; las búsquedas que realizas, los comentarios en la sala de
la casa con la familia, la triangulación con el uso de todos los artilugios en
el marco de la domótica, es decir, con cada cosa que te rodea que tengan algún vínculo
con la internet(por ejemplo un Smart TV, tan comunes, otros smartphones de
amigos o familiares... es un efecto cascada).
El giroscopio que posee un smartphone establece
pulsaciones que de nuevo al triangularse con otras acciones define perfiles
psicológicos y estado de ánimo que aprovechar para ventas o incluso para
fomentar un mayor desequilibrio, si se trata de incursionar en algoritmos
definidos ya en el orden militar.
La Artificial General Intelligence como se
conoce, actúa según objetivos como vender, pasa por reprender (son recursos que
se gastan) al que no lo haga según predictibilidad y que compromete con vendedores
e inestabilizar (incluye ralentizar o manipular con dichos fines aplicaciones
de calendarios a rutas Waze) o abrumar en la búsqueda de tal fin.
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