Desde la Segunda Guerra, la expectativa de la
progresión de gobiernos democráticos a escala global tomando como referencia
los efectos del estallido social de 1917 en la Unión Soviética, donde el
trabajo era la base fundamental enfrentó los efectos de la revolución francesa,
un modelo republicano de avance en términos de la democracia si se compara con
la monarquía, pero donde el financierismo soportado en nuevas élites era preferente.
Hoy es poco discutible que fue el capitalismo financiero quien predominó mediante formas evolucionadas en la política como el modelo bipartidista y la denominada democracia liberal con control férreo de los medios de comunicación, mientras la alternativa soviética (soviet es pueblo) quedó a la saga. Era difícil que la perspectiva donde la centralidad era la sociedad, el modelo socialista, supeditado al voluntarismo y conciencia de los trabajadores, pudiera enfrentar la máquina económica del financierismo basado en la monetización de todo cuanto se producía en el mundo, producto del trabajo formal e informal de cada cristiano que existe en el orbe, al margen del denominado Campo Socialista por parte de la Reserva Federal.
Ahora bien, venido a menos el socialismo (por lo pronto), lo que ha sobrevenido es la disputa entre potencias esencialmente capitalistas con un Estados Unidos confinado en el financierismo abrumador del dólar y sin producción, con una China en la base del desarrollo capitalista contemporáneo soportado en el keynesianismo, donde el producto del trabajo cimenta la producción nacional en dirección a la proyección en los mercados del orbe.
Como se sabe, China ha tomado la delantera en la mayor parte de los campos tecnológicos a Estados Unidos, quien se amparó en las necesidades de expansión geoeconómica del capitalismo para salir a las crisis propias del modelo, las crisis de producción y de tasa de ganancia, siendo Beijing, quien hizo predominar lentamente y por décadas, su interés nacional, y quien fue receptora de la deslocalización industrial proveniente de la Unión Americana, en general de Occidente.
Las prohibiciones respecto de las ventas de productos tecnológicos (lo que va de los chips al software) de Estados Unidos a China no ha hecho si no estimular las capacidades de desarrollo de esta última.
Estados Unidos desarrolló su más reciente pico financiero basado en la revolución de la internet, tanto en el campo del software como hardware. Pensar por ejemplo en Android, un software predominante en el mundo en los smartphones, independiente de la marca, incluye las chinas, o los chips producidos por Nvidia. Por su puesto, el tema más reciente que mezcla ambos factores se sitúa en la Inteligencia Artificial.
En 2019, en el primer gobierno Trump, Estados
Unidos incluye en “la lista negra” a Huawei, prohíbe a las empresas
estadounidenses como Google, quien se apoderó del desarrollo comunitario y de código
abierto de Android para smartphones en su beneficio y que concentraba por ello
mismo la generación de aplicaciones para “los teléfonos elegantes”, sus
relaciones comerciales con el gigante asiático en ascenso. No puede olvidarse
que ya a petición de EEUU se llevó a cabo la detención de Meng Wanzhou
directora financiera de Huawei en Canadá, quien estuvo en arresto domiciliario 3 años
hasta 2021.
La estrategia en el fondo consistía en evitar la progresión de ventas que Huawei obtenía a escala global, pasando de 5 millones en el año 2004 a 240 millones en 2019: los chinos producían ya a menores costos que sus competidores en Occidente y las principales empresas en cotizaciones en la bolsa de Nueva York eran las afectadas.
El efecto fue devastador. Huawei vio caer sus ventas a 30 millones en 2022, pasada incluso la pandemia que impulso el sector de la internet. Por su puesto, a las prohibiciones de las relaciones comerciales del gobierno de Estados Unidos, lo que continuó con Biden, del software como Android, sobrevino el de las prohibiciones a las ventas de chips avanzados de Nvidia, de las máquinas de impresión de chips o del comercio del 5G producido por empresas del gigante asiático, con el fin de contener no solo que las empresas chinas continuaran en su despunte si no que construyeran smartphones competitivos como desarrollar la Inteligencia Artificial.
Ahora, si bien en los campos de alta tecnología de chips y software de smartphone, los chinos aún tenían algún rezago, que superaron con el uso más eficiente de procesadores de anteriores generaciones y producidos en su territorio, a la vez seguían teniendo ventajas comparativas en producción, por lo que al margen de Huawei ascendió internacionalmente Xiaomi: igual los productores de chips de EEUU tenían proyecciones de ventas que estaban sujetas a la producción eficiente de smartphones en China.
En todo esto, cabe relevar que a todos estos mecanismos de interferencia comercial impulsados por Wall Street, ello no ha evitado que se desarrolle Deep Seek, la inteligencia artificial de origen chino más eficiente que sus equivalentes desarrolladas por empresas estadounidenses como Chat GPT, Gemini o Grok, por nombrar algunas, lo que ha acentuado el proceso de recalentamiento bursátil en Nueva York: pocos niegan la intensificación de una burbuja en torno a las empresas insignes de EEUU asociadas a la internet, que de estallar se llevaría por delante “la totalidad” del mercado bursátil de la Unión Americana, por si faltara algo al comercio internacional en monedas emergentes impulsada por los BRICS.
No termina ahí. Huawei en la actualidad ha desarrollado sus propios procesadores(kirin) y un sistema análogo a Android, el HarmonyOs Next, de código abierto y con su propia tienda de aplicaciones que prometen revolucionar las que posee Google. Los smartphones de Huawei son de nuevo los mas vendidos en China con ventajas sobre el iPnone 17 y 18.
El conocimiento en todo esto es importante. Android, creado comunitariamente ahora tiene su propio espejo en HarmonyOs, de hecho, las aplicaciones en la Store de Google ruedan tal cual fueran nativas en el software chino.
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