A finales del siglo XIX, Gran
Bretaña consolidaba su poder hegemónico internacional con una revolución
industrial basada en el uso intensivo del carbón, hidrocarburo que existía en
su propio suelo por lo que la isla con su capital Londres, era considerada
hecha de aquella piedra negra y combustible.
Con la propulsión del vapor se
movilizaba el tren con el que las fronteras impuestas por la tracción animal.
Por ejemplo, a caballo o a pie, si consideramos los humanos, se superaban de
manera terminante. "El tren no se cansaba".
Los proyectos férreos que
conectaban en trazos Lisboa con Vladivostok, el Oriente con el Occidente
estadounidense, el norte y el sur de África eran una alternativa cierta tanto
para el transporte de pasajeros como de materias primas y en dirección a las
cities europeas. Por su puesto, las conexiones terrestres por tren se
complementaban con la comunicación por mar mediante vapores igualmente impulsados
por carbón y mediante cabotaje, siguiendo la estela continental de cualquier
masa de tierra de envergadura del mundo, también superando cualquier velocidad
y maniobrabilidad lograda hasta entonces por la navegación con vela supeditada
al curso de los vientos.
Con los vapores, Inglaterra
consolidó su dominio sobre España y Portugal quienes desde el siglo XV con su
navegación a vela habían invadido cuanta tierra firme existía en el planeta, lo
que va de las Américas al Lejano Oriente.
El boom de la perfección de
las telas de la India o de China que representaba una fuga monetaria de oro y
plata de las metrópolis europeas, había encontrado opción con el todavía
rústico vaivén de telares impulsados también con vapor derivado del calor provisto
por la combustión del carbón. Había pues que arruinar con aranceles los
productos importados en algodón o seda e invertir el flujo del comercio, como
sucedió. Claro es que no sobró la represión violenta para quien no se sometía a
este designio metropolitano.
Inglaterra hizo lo mismo que
la armada ibérica en América, pero con vehículos con mechones de humo, lo que dio
mayor eficacia al uso de los cañones y al arcabuz propulsado con pólvora.
Londres, heredó pues aquel
mantra de la Corona española de ser el imperio en el que jamás se oponía el
sol.
Sin embargo, la experimentación
con aceites que brotaban a la superficie traídos de Oriente Medio y con usos desde
la antigüedad como combustible en mecheros, impermeabilización de barcos y con
prácticas medicinales, trajo una nueva realidad al imperio londinense.
Tal hallazgo evidenciaba que,
así como el vapor dejaba a la saga la vela, el petróleo que se quemaba en una
maquina mucho más pequeña y automatizable, que no requería un piquete de
trabajadores trillando carbón o las implicaciones del peso a transportar de la
hulla, con más posibilidades en las prestaciones que las que otorgaban las
voluminosas calderas de vapor, iban a facturar un nuevo relevo geopolítico internacional.
El costo británico era perder la autonomía en el abastecimiento que implicaba
tener en el propio suelo carbón y depender de la importación de crudo desde
remotos lugares como Oriente Medio o el Cáucaso, las reservas visibles por
entonces, y lo que daba privilegios al emergente Estados Unidos que no solo
adoptó la tecnología del vapor británico si no que tenía como ventaja en la revolución
del oro negro, tener reservas petroleras en su propio suelo.
Con los acorazados Clase Queen
Elizabeth desarrollados a comienzos del siglo XX, los primeros barcos británicos
propulsados por derivados del petróleo, Londres era consciente de la necesidad
de controlar “las reservas conocidas” específicamente en Irán, por lo que se
involucró abiertamente en los procesos políticos de dicha nación que se
encontraba en los entremeses de superar la monarquía y abrir paso a la
república y con lo que se escribió la extensa historia de golpes de mano cimentadas
por empresarios en las alejadas y frías oficinas de la city británica,
recibiendo apoyo de la monarquía Victoriana, abriendo paso a la represión
usando tropas traídas de Delhi por entonces colonia británica, para imponer sus
condiciones en el acceso a dicho recurso.
En este sentido empresarios
privados británicos que se enriquecieron con el comercio de oro, crearon la
Anglo Iranian Oil Company, una empresa que por lo dicho representó
el corazón del imperio británico pero que trasegó en medio de las disputas de
los persas por el control no solo de la soberanía de su país como del control
de su riqueza petrolera, un activo esencial por las ganancias que involucraba,
con lo que pretendían financiar el desarrollo del país.
La pérdida del control del
petróleo iraní, después de sucesivos complots británicos para su conservación y
la independencia de la India en 1948, a la postre de la Segunda Guerra Mundial
fijaron el fin del imperio con sede en Londres. Gran Bretaña sobre endeudada
como consecuencia de las guerras totales, primera y segunda, terminó por
entregar en pago vastos territorios de su imperio a Estados Unidos y más
especialmente los tratos comerciales del imperio “en el que jamás se ocultaba
el sol” y que en adelante adquirió centralidad en Wall Street en el contexto
del Colonialismo Financiero.
Hoy, en entrado el segundo
cuarto del siglo XXI la historia se repite, no solo por el interés en el
petróleo iraní como por Teherán ser uno de los ejes de los BRICS con Arabia
Saudita, lo que obliga a Occidente a pagar a precios internacionales el crudo
de dicha región, si desea obtener acceso a los mismos.
Por su puesto, explica las
tensiones en torno a nuestro propio vecindario en Venezuela.
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