2026/02/05

A finales del siglo XIX, Gran Bretaña consolidaba su poder hegemónico internacional con una revolución industrial basada en el uso intensivo del carbón, hidrocarburo que existía en su propio suelo por lo que la isla con su capital Londres, era considerada hecha de aquella piedra negra y combustible.

Con la propulsión del vapor se movilizaba el tren con el que las fronteras impuestas por la tracción animal. Por ejemplo, a caballo o a pie, si consideramos los humanos, se superaban de manera terminante. "El tren no se cansaba".

Los proyectos férreos que conectaban en trazos Lisboa con Vladivostok, el Oriente con el Occidente estadounidense, el norte y el sur de África eran una alternativa cierta tanto para el transporte de pasajeros como de materias primas y en dirección a las cities europeas. Por su puesto, las conexiones terrestres por tren se complementaban con la comunicación por mar mediante vapores igualmente impulsados por carbón y mediante cabotaje, siguiendo la estela continental de cualquier masa de tierra de envergadura del mundo, también superando cualquier velocidad y maniobrabilidad lograda hasta entonces por la navegación con vela supeditada al curso de los vientos.

Con los vapores, Inglaterra consolidó su dominio sobre España y Portugal quienes desde el siglo XV con su navegación a vela habían invadido cuanta tierra firme existía en el planeta, lo que va de las Américas al Lejano Oriente.

El boom de la perfección de las telas de la India o de China que representaba una fuga monetaria de oro y plata de las metrópolis europeas, había encontrado opción con el todavía rústico vaivén de telares impulsados también con vapor derivado del calor provisto por la combustión del carbón. Había pues que arruinar con aranceles los productos importados en algodón o seda e invertir el flujo del comercio, como sucedió. Claro es que no sobró la represión violenta para quien no se sometía a este designio metropolitano.

Inglaterra hizo lo mismo que la armada ibérica en América, pero con vehículos con mechones de humo, lo que dio mayor eficacia al uso de los cañones y al arcabuz propulsado con pólvora.

Londres, heredó pues aquel mantra de la Corona española de ser el imperio en el que jamás se oponía el sol.

Sin embargo, la experimentación con aceites que brotaban a la superficie traídos de Oriente Medio y con usos desde la antigüedad como combustible en mecheros, impermeabilización de barcos y con prácticas medicinales, trajo una nueva realidad al imperio londinense.

Tal hallazgo evidenciaba que, así como el vapor dejaba a la saga la vela, el petróleo que se quemaba en una maquina mucho más pequeña y automatizable, que no requería un piquete de trabajadores trillando carbón o las implicaciones del peso a transportar de la hulla, con más posibilidades en las prestaciones que las que otorgaban las voluminosas calderas de vapor, iban a facturar un nuevo relevo geopolítico internacional. El costo británico era perder la autonomía en el abastecimiento que implicaba tener en el propio suelo carbón y depender de la importación de crudo desde remotos lugares como Oriente Medio o el Cáucaso, las reservas visibles por entonces, y lo que daba privilegios al emergente Estados Unidos que no solo adoptó la tecnología del vapor británico si no que tenía como ventaja en la revolución del oro negro, tener reservas petroleras en su propio suelo.

Con los acorazados Clase Queen Elizabeth desarrollados a comienzos del siglo XX, los primeros barcos británicos propulsados por derivados del petróleo, Londres era consciente de la necesidad de controlar “las reservas conocidas” específicamente en Irán, por lo que se involucró abiertamente en los procesos políticos de dicha nación que se encontraba en los entremeses de superar la monarquía y abrir paso a la república y con lo que se escribió la extensa historia de golpes de mano cimentadas por empresarios en las alejadas y frías oficinas de la city británica, recibiendo apoyo de la monarquía Victoriana, abriendo paso a la represión usando tropas traídas de Delhi por entonces colonia británica, para imponer sus condiciones en el acceso a dicho recurso.

En este sentido empresarios privados británicos que se enriquecieron con el comercio de oro, crearon la Anglo Iranian Oil Company, una empresa que por lo dicho representó el corazón del imperio británico pero que trasegó en medio de las disputas de los persas por el control no solo de la soberanía de su país como del control de su riqueza petrolera, un activo esencial por las ganancias que involucraba, con lo que pretendían financiar el desarrollo del país.

La pérdida del control del petróleo iraní, después de sucesivos complots británicos para su conservación y la independencia de la India en 1948, a la postre de la Segunda Guerra Mundial fijaron el fin del imperio con sede en Londres. Gran Bretaña sobre endeudada como consecuencia de las guerras totales, primera y segunda, terminó por entregar en pago vastos territorios de su imperio a Estados Unidos y más especialmente los tratos comerciales del imperio “en el que jamás se ocultaba el sol” y que en adelante adquirió centralidad en Wall Street en el contexto del Colonialismo Financiero.

Hoy, en entrado el segundo cuarto del siglo XXI la historia se repite, no solo por el interés en el petróleo iraní como por Teherán ser uno de los ejes de los BRICS con Arabia Saudita, lo que obliga a Occidente a pagar a precios internacionales el crudo de dicha región, si desea obtener acceso a los mismos.

Por su puesto, explica las tensiones en torno a nuestro propio vecindario en Venezuela.

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