Si bien la
predicción marxista conocida a fines del siglo XIX, que hablaba de que el avance
del capitalismo en el mundo, llevaría a una proletarización global, y en
consecuencia, a que el cetro del control económico llegaría ineludiblemente a manos
de los obreros, que en razón de la conciencia social abocarían la revolución socialista, es decir, disponer
el mundo de la producción a un enfoque de bienestar y de derechos de la sociedad,
lo que sucedió, que sorprende a todo tipo de
grandes teóricos, fue que el capitalismo si se desarrollo a escala mundial,
hoy denominado globalización, pero contrario a una proletarización general,
derivó a través de revoluciones científicas, en una paulatina disminución de la
demanda laboral por parte de los empresarios, que sumado a medidas coercitivas,
mediáticas y de flexibilización laboral, permitió sumir al mundo del trabajo en
lo que hoy tenemos, un universo de trabajadores sin derechos.
Todo ser humano, de alguna forma, realiza un trabajo cotidianamente, que trabaja por horas, a destajo, a la intemperie y sin jefe aparente. Una característica propia del sector comercial y de servicios, el denominado trabajo autónomo, referente del mundo del trabajo en la actualidad.
En algún momento un vendedor de bienes de una multinacional o de productos importados, pertenecía a la nómina de una empresa. Hoy eso no existe, a pesar de que el trabajador comercializa productos de terceros, en general de grandes empresas. El ahorro que realizan las empresas, en este sentido, es asumido en perdida de ingresos y de derechos por parte del trabajador. No vale la pena abordar lo que sucede con el sector productivo e industrial, por su práctica desaparición.
El único respaldo en términos de derechos recae entonces sobre el Estado, que también ha sido modificado en su quehacer económico con el neoliberalismo, restando sus capacidades de producción, monopolio de sectores estratégicos y reducción impositiva al empresariado. Este coctel, nos coloca frente a un Estado saqueado económicamente, sin capacidad de regulación del mercado capitalista y sin recursos suficientes para mitigar los serios desequilibrios sociales que se suscitan.
El capitalismo clásico, que se fundaba en un circuito de trabajo, ingresos y consumo, tenía en el centro la familia, de hecho, el mismo Estado, sin embargo, ya en la globalización, la realidad es la antípoda de la hipótesis marxista, y es que, cada vez, se necesita menos mano de obra y el mundo sobre vive, en medio de un ejército inconmensurable de desempleados, una forma de denominación de trabajadores informales, lo que tiene ya por décadas en emergencia la institución de la familia, una estructura social que ha acompañado la historia de la humanidad, desde la aparición de los primeros homínidos.
-No me alargaré, en lo que ha derivado el fin de la familia, que es para otro comentario-
El mundo del trabajo hoy, con la red, tiene la ubicuidad de conectar cualquier persona a escala global, una sobre oferta laboral que mantiene en depresión los costos y características del trabajo, un escaño más allá de la informalidad laboral, bajo control de un ente empresarial abstracto, que ahora hace feed back a través de IA.
Los teóricos del fin del trabajo, han trillado lo ya dicho, y como alternativa plantearon, la revisión de la función del Estado neoliberal, la formalización laboral, la reincorporación de los derechos ciudadanos y la divisa de la disminución de las horas y días laborales.
xtienda la reflexión con un contenido de nuestro archivo
