2026/10/04

En los años ochentas era común ver llegar a los pueblos o municipios del país gentes con voluminosas, elegantes y pesadas maletas, generalmente bien vestidos, lo que incluía saco y corbata, zapatillas bien lustradas, algo excepcional en esas latitudes.

Estos, establecían con claridad la geometría de los municipios, sus calles principales por norma conectados o en la misma plaza principal (el lugar de comercio por excelencia, antecedente de los actuales centros comerciales o grandes superficies, eso sí, mucho más democráticos si se piensa en el acceso de pequeños productores locales y donde se intercambiaban productos agrícolas entre sí, y entre estos y los “importados”). Por su puesto, el carácter de importancia de las calles estaba definido no solo por los accesos al municipio como su conexión con la estructura que se sale de lugar respecto de las proporciones en cuestión de dimensiones, “la casa de Dios” (no tiene alguna similitud arquitectónica, con otra casa de la urbe), y lo que se explica porque su construcción es financiada por la mancomunidad de las personas de la urbe.

El visitante así presentado colocaba pues los ojos en lo que consideraba más prometedor respecto del posicionamiento en vitrina de los productos a ofertar y que pertenecían a importantes compañías textileras del país; primero fueron telas (y que entraron en competencia con las telas de los telares locales), pero que promovió la rica y prodigiosa actividad de sastres, eclipsando el bordado a mano. En su momento, era común que en las casas no faltara la máquina Pfaff o Singer, de pedal o con motor, donde se cosían directamente las ropas. (hay un paralelo con lo que sucedió con sandalias y la manufactura de zapatos y productos con el cuero que se originaba en las plantas de sacrificio de reses o cerdos. Los municipios tenían sus propias generadoras de energía donde se explotaban saltos de agua, de hecho, había pequeñas empresas de bebidas por municipio, como decir, gaseosas).

El representante comercial, luego progresó a la oferta de manufactura textil terminada y lo que se extendió a la incursión de líneas de electrodomésticos, lo que se mezclaba con la cacharrería, ese sí que requería que los dueños de los almacenes locales se desplazaran hasta las grandes ciudades para realizar compras y pagar fletes para hacer llegar estos productos hasta los municipios.

A este mercado convencional sobrevino la denominada mercadotecnia donde más allá del valor de uso de los bienes a comerciar(como una ruana convencional que lo importante era protegerse del frío) se integraron factores psicológicos de los compradores, sacando ventajas de lo que llamaba la atención a los ojos como el color (la teoría del color), las formas y textura de los productos(el tacto), su ergonomía (que permitan ser sujetados con facilidad con los “deditos” de las manos que tenemos los humanos), las denominadas “fragancias”(el olfato). También hay teoría sobre música de fondo (ya se sabe a qué sentido va ello). Más tarde ello evolucionó a lo que se denominó como “la moda” es decir, lo “in”, “lo fashion” y que se proyecta desde modelos de consumo impulsados particularmente con la incursión de la televisión, con los estereotipos de repetición (skinner de nuevo) de masculinidad, feminidad o estatus.

En las Grandes Superficies (como si la plaza pública en el pasado no lo fuera, entre otros, no era privada), la disposición de los productos en las Góndolas se profesionalizó: los productos de primera necesidad como carnes, pan o leche, se disponían al fondo obligando a que el comprador recorriera la mayor parte del almacén. La altura a los ojos pagaba comisión especial por visibilidad (ahora son las propias marcas) y en la parte baja, las marcas que en medio de todo eran menos promovidas. Las cajas de pago, con minimercado de snacks o dulces de paquetería.

Ahora bien, los Super frecuentemente establecen una localización constante para los productos en las Góndolas por lo que las personas llegan y ahora se detienen o observar con más detalle el producto, contenido o fechas de vencimiento y es visible que al modificar dicha localización espacial de los productos, hace que la rigurosidad mencionada se relativice debido al gasto de tiempo, movimiento y observación que para cuando se llega al lugar, sea en buena parte descartada. Esto para decir, que abrumar con contenido es un gancho con el que se disuade la actividad cerebral en la selección o desempeño en cualquier función que se presente: la referencia se pierde y la decisión, respecto de la que se hiciera sin distractores, también. Aplica para todo tipo de selección e incluye aspectos relativos a la política.

Consideremos ahora “la tienda” actual provista por el Smartphone, entre otros, que es totalmente virtual, porque nada puede tocarse, verse realmente u olfatearse y que trasciende a la Gran Superficie, donde una persona “normal” en 62 minutos de Scroll se expone a entre 600 y 1200 pantallazos.

A esto hay que sumar otros elementos, como que en el pasado un vendedor enfrentaba al comprador con sus ojos, cuando llegaba a un almacén donde cuando más lo determinante era la pinta, como solían decir.

La tienda virtual es alimentada con la información privada que obtienen las Big Tech, información que se recauda, almacena y analiza 24/7 a través del Smartphone. De hecho, percibe y acumula en su análisis horas y tipo de sueño. El tv de bolsillo tiene un micrófono asimilable a uno ambiental por el alcance del mismo y que puede llegar a metro(s) a la redonda, frecuencia que es analizada y comparada, estableciéndose la actividad o lugar donde te encuentras mediante el cruce de información de viaje en Maps o Waze, lo que se suma al ruido ambiente y localización GPS.

La tienda de pronto sale como ventana emergente o publicidad remezclada con la actividad que se realice en el smartphone y conoce si hay recursos económicos en cuentas bancarias por lo que se perfila la capacidad de compra; las búsquedas que realizas, los comentarios en la sala de la casa con la familia, la triangulación con el uso de todos los artilugios en el marco de la domótica, es decir, con cada cosa que te rodea que tengan algún vínculo con la internet(por ejemplo un Smart TV, tan comunes, otros smartphones de amigos o familiares... es un efecto cascada).

El giroscopio que posee un smartphone establece pulsaciones que de nuevo al triangularse con otras acciones define perfiles psicológicos y estado de ánimo que aprovechar para ventas o incluso para fomentar un mayor desequilibrio, si se trata de incursionar en algoritmos definidos ya en el orden militar.

La Artificial General Intelligence como se conoce, actúa según objetivos como vender, pasa por reprender (son recursos que se gastan) al que no lo haga según predictibilidad y que compromete con vendedores e inestabilizar (incluye ralentizar o manipular con dichos fines aplicaciones de calendarios a rutas Waze) o abrumar en la búsqueda de tal fin.

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