Durante siglos, tras
la venida a menos del imperio romano, los ducados, reinos o de otra forma, grandes
latifundios tendió a proyectarse allende a cada frontera territorial en la
Europa feudal en lo que dio en llamar conquista y atesoramiento del Santo Grial
de la época, la posesión de la tierra, lo que incluye esclavizar naciones vencidas,
sus mujeres, hombres e hijos y un modelo que proyecto la configuración de las
fronteras actuales o de los países europeos.
El control territorial
de los reinos culminó por denominarse Seguridad y el cúmulo de pueblos del
territorio como Nación. Lo que siguió fue
que las rústicas estructuras latifundistas del tamaño de los actuales países o
de otra forma, monarquías, ante lo paritario de las capacidades militares entre
reinos, derivó en que la perspectiva política de creación de riqueza originada
en la Conquista se contuvo y se vieron enfrentadas a las tensiones sociales
internas donde el esfuerzo de reyes y la nobleza se reenfocó al desarrollo de
diversos mecanismos de control, pero en este caso de la sociedad que les
sustentaba. Había pues que perseguir a los sediciosos del status quo feudal
cual era que el rey se proclamaba dueño de las tierras conquistadas, recreando
las bases del gobierno cediendo pequeñas partes de la misma a la nobleza, lo
que incluye líderes militares igualmente poseedores de importantes extensiones
de tierra, pero que dejaba a la mayor parte de las gentes de sus sociedades condenadas
al servicio como siervos u arrendatarios de los suelos conquistados, por lo que
a los atisbos de las demandas sociales sobrevino como respuesta la institución
de la inquisición, que se soportó en la visión religiosa que acompasaba el desarrollo feudal, en
particular, el cristianismo impulsado por el Imperio Bizantino o el imperio
romano de Oriente, lo que terminó por inculcarse al vicaritaro romano de Italia
desde el siglo IV después de cristo.
Era pues el ascenso
del Oscurantismo (que duró 1000 años o de otra forma 10 siglos, desde el 476 con
la caída del imperio romano hasta 1492 con la Conquista de América), donde lo
que se buscaba era ocultar las bases del racionalismo, un conjunto de ideas y
conocimientos que sobrevienen a la
mezcla de las civilizaciones de Egipto, Persia, la Grecia Antigua, India o
China, por nombrar algunas, y del que se derivó el desarrollo científico en la
construcción de ciudades, revolución de los metales, el cultivo de diversas
especies animales y vegetales, la cultura expresada en el teatro, el canto o la
lírica, todo soportado en la estructuración de la escritura, las matemáticas o
el cálculo, por supuesto, la consolidación de ello en el acumulado de los textos,
que eran de uso y alcance bien restringido, de historia en papiros en su origen
y ya en la Edad Media con la tecnología del papel traída, entre otros, de
China. Las concepciones asociadas a los derechos o contrapartidas que sobrevienen
a la actividad de los oficios o el trabajo, también hacían parte de ello.
La inquisición tomó
base en los principios decimonónicos de la religión cristiana donde en
principio todos están en pecado como consecuencia del pecado original, y donde
la sexualidad o la reproducción, algo connatural a las especies vivas, convierte
las personas en sujetos de potencial procesamiento por la justicia eclesial, por
su puesto, de lo que se excluye a reyes y nobles que pueden practicarlo con frugalidad.
De esta forma, el
ardit de cuando todos(pero con la exclusión aquella) son pecadores y portadores
del mal, se sustenta o legitima la expiación de aquellos que ponen en cuestión el
estatus quo feudal, lo que incluye el mandato que posee el clero de tener la
verdad revelada de acuerdo a su interpretación del libro sagrado de la Biblia
en contraposición, de nuevo, del reconocimiento de la capacidad intelectual de
razonar que posee cada ser humano, pero un sistema de ideas que como se sabe
por la historia dio fin al teocentrismo con la llegada del Enciclopedismo y la
ilustración.
Max Weber en su texto “los
tres tipos de dar legitimidad a las normas” establece que “La
autoridad significa la probabilidad de que una orden específica sea obedecida.”
Agrega “Dicha obediencia puede
basarse en diversos motivos, por lo que puede estar determinada por el mero
interés de la situación, y por ende, por el cálculo de conveniencia del actor
obediente; por la mera costumbre, es decir, la habituación inconsciente del actor
a un comportamiento rutinario; o por un mero afecto, es decir, la devoción
puramente personal del gobernado”.
Como decir, la nobleza obedece
por el interés de la situación y el cálculo de conveniencia mientras la
servidumbre lo hace por costumbre (que el clero impone a la sociedad) mediante
la “habituación o comportamiento rutinario”.
Ahora bien, habituar una
sociedad al terror de la inquisición debido a sus juicios, las penas de destierro,
de otra forma, expropiación de bienes, las torturas con lo que se buscaba la
confesión forzada, o la pena capital con la muerte en la hoguera, un evento en
plaza pública donde los gritos de dolor y el suplicio eran la muestra de como
el alma se depuraba, dio sustento al largo periodo oscurantista y lo que se explica
por lo mencionado por Weber en términos de que por repetición en los sermones y
la inculcación de la culpa se daba curso a la legitimidad de la acción judicial
eclesial.
El colonialismo financiero tan
invisible en sus instituciones como el absolutismo del teocentrismo se precipita
cuando existen descripciones racionales y argumentativas que explican como
funciona la explotación económica de las sociedades y su subyugación.
Se reconoce que justicia
eclesial aún se extiende en sus fines en la “justicia” contemporánea(hoy entrado
el segundo cuarto del siglo XXI) cuando se olvida que tras la caída de la
monarquía en el siglo XVIII, el juicio o
el arbitraje de las relaciones sociales en las que mediaba el Estado, tenía
como eje de valoración la “justicia social” como extensión del derecho a la
igualdad de las personas, del derecho de gentes, la retribución justa por el
trabajo y la garantía de que los recursos de la Hacienda Pública hasta entonces
administrados al arbitrio por un monarca o la nobleza, el esfuerzo de la
sociedad, debía retornar en beneficios a la misma, lo que está al margen del estándar
inquisitorial destinado a la persecución y dominación de las sociedades.
