En el medioevo europeo, la realidad de sus
sociedades lo definía la hegemonía ideológica de la iglesia. Los campanarios
dictaban la hora del día y el momento de reunirse en caso guerra o de la concentración
en la capilla en donde los pecadores, solo la procreación es pecaminosa, se
enfilaban con su prole para recibir la dosis diaria que mandaba a la abnegación
por el trabajo servil al monarca, que, en cierto momento de esta historia, el
rey era el representante de Dios en la
tierra, y que prodigaba “el cielo” que estaba en el más allá, para considerar
que al mundo se llega a sufrir y que era un valle de lágrimas.
El renacimiento tuvo que flanquear por siglos, la idea de que todo era obra de Dios y nada podía entenderse de manera racional, es decir, por causas y efectos definidos en la lógica elemental, donde la capacidad intelectual jugaba un papel central desplazando al Dios Divino pero que permitió volver cada determinante solucionado por el teocentrismo en una pregunta a resolver por la mente humana: la caída de una manzana un símil para considerar la teoría de la gravitación universal, la física clásica con los principia matemática de Newton y la misma teoría de la evolución de las especies de Darwin. Cada piedra se convirtió en objeto de investigación y de las preguntas surgieron teorías, ensayos, discusiones, que fueron las que derivaron en el desarrollo de las ciencias en todo orden.
La historia de las ciencias y en sí los primeros libros que desafiaban el teocentrismo, de hecho, realizados de manera importante, por monjes quienes tenían el acceso excepcional a las pocas bibliotecas existentes, convergen en largas discusiones sobre si Dios permitía o no que los fenómenos estudiados se presentaran al margen de este, y solo después de superado este agigantado e ideológico escollo, regularmente con ideas como que Dios no querría seres a su imagen y semejanza incapaces, para entender su entorno. Al fin y al cabo, la superación de un problema sellado en las mentes por el trabajo del día en la iglesia y asimilado por las familias, fue lentamente superado con argumentos esgrimidos en la misma Biblia.
No hay que olvidar que esta era donde Dios lo hizo todo en 7 días definió el quehacer del Viejo Continente “por siglos”, donde hablar del Medioevo o el Oscurantismo hacen gala de esta época.
El ingreso del racionalismo hizo temblar el feudalismo, puesto que se puso en cuestión el poder supremo, ideológico y político de las monarquías e incentivó el auge de la inventiva, el desarrollo de la producción artesanal, el comercio y la emergencia de las burguesías, quienes finalmente derogaron el poder hegemónico del rey, abriendo paso a una era de revoluciones que derivaron en la constitución de los estados modernos, una regla donde aristócratas que estaban a la sombra de la monarquía y los burgueses se repartían el poder.
El marco ideológico contemporáneo para el control de las sociedades mutó pues del teocentrismo a formas de nacionalismo, donde los conglomerados sociales eran empujados unos contra otros, con base en la consolidación de la riqueza material con que sustentarse, un periodo intensivo de guerras en Europa que derivó en la constitución de los actuales países y que paulatinamente perdió vitalidad en suelo europeo, debido a que tierras, productos, trabajo esclavo gratuito y metales preciosos encontró salida mediante la “era de los descubrimientos”, un proyecto de dominación y colonización que el Viejo Continente proyecto a América, África, Oriente Medio, India o Asia.
De hecho, en “Las consecuencias económicas de la paz” de Keynes, en su introducción, reconoce como la vuelta de la guerra a Europa, es decir, la Primera y Segunda Guerra, tiene que ver precisamente con el acceso a los recursos provenientes de las colonias y de como la proyección económica e industrial colocaba el acelerador a este nivel de contradicciones de los intereses entre las potencias del Viejo Continente. La realidad es que Keynes alumbró una discusión sobre las causas de la guerra descentrando la discusión predominante enfocada en “los floreros de Llorente” o detonantes casuísticos de las conflagraciones, los diferenciales culturales, idiomáticos, religiosos, los estallidos sociales no establecidos en la verdadera dimensión de sus causas, la naturaleza per se violenta del europeo, o el “asesinato del Archiduque Fernando en Sarajevo” para colocar sobre la mesa el tema de la disputa sobre recursos naturales en la propia Europa o en ultramar
Como se ve las transformaciones de las relaciones sociales se da previo a una revolución de las ideas, hoy el capitalismo es el teocentrismo moderno que oculta la realidad de que las sociedades realizan diariamente actividades por su propia naturaleza, lo que está en el orden físico o intelectual, y que en el fondo buscan el bienestar de las mismas.
Este referente hace pensar en formas de producción no capitalistas. Es posible vivir con toda comodidad en economías definidas por bajos consumos de bienes naturales y que deriven en esencia en bienestar de las sociedades. De hecho, son más las economías posibles al margen del capitalismo actual pero el velo en los ojos de su teocentrismo no permite verlas. Tal revolución parte de reconocer que la naturaleza es perfección y que los humanos somos apenas “una”, de las inconmensurables interacciones biológicas de la misma.
