Aún es temprano para saber cuál
va a ser el resultado de las negociaciones de paz entre Ucrania y Rusia que el
presidente electo de Estados Unidos ya avanza a través de su delegado el
general en retiro Keith Kellogg, sobre todo si se conoce que su propuesta, en la
que se establece que Rusia quedaría con lo hasta ahora obtenido en la guerra en
suelo ucraniano, mientras el restante territorio de dicho país sería ocupado
por tropas de la Otan, como fuerza de paz, es rechazado por Moscú.
De hecho el país eslavo propone que la nueva Ucrania, al occidente del río Dnieper
debería ser neutral y sin ejército.
Y no se queda allí. Al frente oriental en Ucrania, si se piensa en Rusia, se suma lo que sucede en Georgia, en la frontera sur, donde persisten las movilizaciones en contra del gobierno debido a que suspende las negociaciones del país en su ingreso a la Unión Europea; en la cuasi frontera asiática, con el golpe de Estado en Corea del Sur, que fuera abortado por el partido de la democracia, mayoritario en el parlamento, que se opone a una escalada con Corea del Norte y que promueve una regularización de las relaciones con China.
Las presiones a Rusia tienen su propio eco en el reverdecer de la guerra en Siria, donde Moscú, con Irán, Iraq, el partido del Kurdistán y Hezbollah ceden terreno al avance del Estado Islámico que tiene en su retaguardia al ejército de Estados Unidos, en un esquema que busca debilitar el dispositivo antioccidental en Líbano que ha contenido el avance de Israel sobre Beirut.
Sin embargo, pese a todo esto los mercados bursátiles están al auge en Europa Occidental previendo la salida del agujero económico de dicha región, profundizado por la guerra y la rotura de los lazos comerciales con Rusia.
La instalación en la Casa Blanca de Trump prevé desatar una tormenta arancelaria sobre Europa lo que finalmente dará la última puntada a la globalización en el mundo, por lo que el Viejo Continente, por momentos, parece inclinarse a la alternativa de promover el establecimiento del comercio desde Londres a Vladivostok y de este a Beijing, un salto triple que daría significado a un Estados Unidos que optaría por quedarse en la periferia de la economía internacional, mientras, no se sabe por cuánto tiempo, retorne a una escena global que permita su relocalización como superpotencia.
Los movimientos internacionales vienen de todos los ángulos.
Ayer se consolidó el acuerdo comercial Mercosur-Unión Europea, superando los obstáculos dispuestos en 25 años por parte de Estados Unidos y esto pese al gobierno Milei en Argentina.
De hecho, la firma del acuerdo por parte de la Unión Europea, rubricado por Úrsula Von Der Leyen presidenta de la Comisión Europea, se da pese al rechazo público que el mismo presidente Macron de Francia ha hecho al efecto del mismo.
El acuerdo Mercosur-UE, es, de nuevo, una decisión que se adelanta a la instalación de Trump en la Casa Blanca el próximo enero, y que complementa y a la vez responde al proyecto del hub del puerto de Chancay que se une en ruta directa a Shanghái, recientemente inaugurado por China en Perú, que se articula a una infraestructura de transporte multimodal hasta zonas productivas de Bolivia y el Matto Grosso en Brasil.
En este contexto, las posibilidades de Colombia están sujetas a convertirse en asociado del Mercosur, como lo ha hecho Bolivia, consolidar su estrategia de ingreso a la Franja y la Ruta de la Seda con China y el desarrollo del proyecto de conexión intermodal sobre la base de oriental de la cordillera del mismo nombre, que articule comercialmente Venezuela, Colombia, Ecuador en dirección al puerto de Chancay en Perú, con una variante al puerto de Tumaco.
El proyecto intermodal mencionado para Colombia, permitirá articular al comercio internacional y a la economía licita extensas regiones del país ahora solo conectadas a redes globales, pero de narcotráfico y explotación ilegal de minerales.
