La economía capitalista, tan antigua, como las religiones,
si se piensa en la humanidad, adquirió un viento de cola fundamental con el
descubrimiento de los combustibles fósiles y, en particular, el petróleo.
Puede afirmarse, que el consumo excesivo y no sostenible de los bienes naturales, desafía la estabilidad del planeta, algo más que evidente, en el escenario actual del cenit de los recursos naturales, y de otro lado, la contaminación de la biosfera terrestre, lo que coloca ante los humanos el espejo de su propia extinción.
Sin embargo, la alta dependencia del sistema capitalista y de la humanidad del consumo de energía, en particular, de derivados de los combustibles fósiles, ADN del modelo económico, introduce, ya de manera acelerada, la humanidad y la biosfera planetaria a un periodo de cambios sistémicos, como el relativo al clima global y demás efectos subsecuentes, como el incremento del nivel del mar, las temperaturas e hidrología modificada, y extrema, y que representa cambios drásticos en la disponibilidad y localización de tierras cultivables, de recordar, lo determinante de la revolución del neolítico, para el desarrollo de la humanidad, hasta nuestros días. Y, por supuesto, del agua dulce, de la que no vale ahondar en su determinante importancia.
Pero hay una era capitalista, que sumado a lo anterior, la hace diferenciable a otros periodos anteriores: la monetarización de los bienes terrestres, establecido por la economía unipolar, y por una única moneda, el dólar, un proceso que se extiende desde fines de la Segunda Guerra Mundial, pero que esta cambiando progresivamente con la fragmentación del sistema financiero internacional, en particular, con la consolidación de los BRICS, y su desdoblamiento.
No es por ello casual, que la actual crisis económica y financiera, por nombrar algunas aristas de la crisis sistémica, conduce a que su salida se encuentre allende los Estados Unidos y requiera de acuerdos internacionales, más amplios, algo que inaugurará la realidad del mundo multipolar, so pena, de enfrentar la colisión armada, ya en medio de una era nuclear, que inició precisamente con la detonación de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.
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