La globalización
caracterizada por un mundo donde la economía global ha estado gestionada desde
Wall Street, permitió la sustentación económica estadounidense en medio de su
propio declive industrial y productivo, visible ya desde la década de los
ochentas del pasado siglo, y que obligó la deslocalización empresarial
occidental a China, donde se produce a menores costos y mayor tasa de ganancia
para las compañías con sede en Washington y las cities europeas.
El modelo globalizador,
como parece obvio, se extendió a temas sensibles como la triangulación del
negocio de combustibles fósiles y el universo de materias primas, para el
funcionamiento de las industrias internacionales, y en este propósito los
países resistentes a las condiciones impuestas por EEUU, fueron degradados,
aislados de este orden internacional predominante, desestabilizados
políticamente y hasta intervenidos militarmente.
Un capítulo importante
de esta historia tiene epicentro en el tanque de los recursos fósiles del
mundo, el Medio Oriente, con Arabia Saudita e Irán, países donde se concentra
más del 30% de las reservas globales de crudo.
Entre las
maniobras de EEUU por alargar la preeminencia de la globalización estuvo, tomar
medidas para mitigar el desequilibrio comercial y de la balanza de pagos,
producto de la deslocalización industrial a China, por lo que Washington optó
por disminuir la importación de crudo, de los que dependía sensiblemente del
Medio Oriente, mediante la adopción de la tecnología de la fractura hidráulica
en suelo de la Unión Americana, y a lo que se había resistido por décadas,
debido a los severos impactos ambientales asociados a la explotación de
petróleo no convencional.
Aunque tal
decisión tuvo efecto en la autosuficiencia petrolera de EEUU, también trajo como
resultado que China paulatinamente incorporara suministros e influencia
política, en los entornos de Riad y Teherán.
La noticia del día, es que bajo auspicio de Beijing, Arabia Saudita e
Irán, restablecen relaciones diplomáticas, luego de haber sido rotas hace 6
años, un mojón que coronaba las tensiones acumuladas por el apoyo de la
monarquía del golfo a las aventuras militares de EEUU, en Oriente Medio.
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