Clave: Hacia un modelo capitalista que
induzca el desarrollo de capital humano.
El capitalismo monopólico, que
deriva en una élite u oligopolio, como se dice, dedica todo su esfuerzo en
controlar el Estado, porque es través de instrumentalizar este que se impone a
los demás competidores empresariales. Por
supuesto, la captura del Estado es algo progresivo.
El bipartidismo en Occidente, es una
burbuja política que igualmente tiene como propósito evitar que sectores
diferentes al “frente nacional” mezclen, democraticen los factores de
producción y, de otra forma, ralenticen la consolidación de élites y
oligopolios económicos. Así que la política tiene todo que ver con la economía.
De otra parte, en la configuración de los oligopolios, los modelos económicos, representan
la mecánica de perfeccionamiento y “establecimiento” de las élites en la economía
y la administración del Estado.
El neoliberalismo, por ejemplo,
buscaba dejar sin herramientas ciertas al Estado para la regulación del
mercado, que eran las empresas estatales, o sectores económico productivos cuya
explotación era definida +únicamente por y para el Estado. De esta forma, el
Estado quedó exclusivamente con una función reglamentaria, normas erigidas
desde los parlamentos o la constitución, para regular el mercado.
Así las cosas, se consolidan los
oligopolios locales, y con eso del “trato nacional” a inversores externos o multinacionales,
las grandes empresas de los países centrales parten el pastel, si se piensa en
las posiciones económicas del Estado
Al final, los oligopolios nacionales
se fortalecen, pero estos, a su vez, son afectados por las multinacionales.
Por su parte, las instituciones
estatales destinadas a regular por normas el mercado, se convierten en el
mecanismo para disuadir y ahogar otras empresas que entren en competición al
margen de empresas de élites locales o internacionales, mientras los recursos
de inversión del Estado, se redireccionan a los negocios de oligopolios
domésticos y multinacionales.
Por eso una economía basada en el
oligopolio local o internacional, ahoga las bases mismas del capitalismo,
que es la competencia entre empresas, soportada en la clave de producir, del mejoramiento en la prestación del servicio o el producto, y a menor costo. Así las cosas, el Estado y sus recursos
traducen por excelencia la subvención oligopólica. Es en lo que estamos.
Puede pensarse que la competencia
entre empresarios no monopolistas, por eso de hacer más eficaz una función a
menor costo, con lleve a una reducción de salario, empero lo que demuestra el
mismo capitalismo, es que esta competencia, al realizarse incluso con control de
salarios por parte del Estado, deriva en un mejoramiento de la productividad
soportada en el desarrollo de mecanismos afinados de producción y desarrollo de
tecnología.
Una perspectiva de este tipo se
vuelve solidaria con el interés empresarial, con el desarrollo de la educación y el
bienestar de la fuerza laboral, que permita desatar la creatividad en todos los
niveles.
Este escenario convierte al
Estado en un semáforo que redirige la estatalidad al fomento de esta tendencia,
es decir, a evitar el monopolio, apalancar la creación de nuevas empresas, establecer mercados para su proyección y corregir comportamientos que afecten el
desarrollo de capital humano, base del proceso.
