El aprendizaje del comportamiento de la
microenergía o la electrónica así como el alfabeto para gobernar parcialmente su
ordenamiento y flujo, la informática, entrega a la humanidad la herramienta
base de una de las mayores revoluciones tecnológicas de la historia, un
paso que se sustenta en el anterior, el desarrollo y uso del sistema
alfanumérico.
Sin descriptores no hay operaciones lingüísticas
ni aritméticas de algún tipo, un esfuerzo humano que le caracteriza y relativo
al registro de su entorno. El punto y la raya, o de otra forma, el cero y el
uno, que traduce o inhibe una señal eléctrica, en una función que se repite de
manera ilimitada en un chip, representa el milagro alquimista de nuestra
época. Los descriptores del alfabeto, pronunciados, son un registro eléctrico de
la vibración de las cuerdas bucales, al igual que los colores que percibimos
son el registro o la emisión eléctrica de un compuesto químico.
Todo es energía y lo cierto es que percibimos
una “realidad” infinitesimal, de lo que existe. Y esto considerando no solo las
capacidades de nuestros sentidos, todos sujetos a registros de energía, si no
de las señales amplificadas o disminuidas mediante equipos, léase por ejemplo,
un microscopio o un telescopio, y que las colocan dentro de un registro
posible para nuestros sentidos.
Bueno, esto no parece que tuviese que ver con
la geopolítica, pero tiene mucho que ver con ello. De hecho, esta batalla por
domeñar la energía, es la que en buena parte define no solo el campo de
batalla, si no el resultado de la misma. De recordar, que hace apenas unas
semanas, se ha dado apertura a la denominada “guerra del chip”, entre EEUU que inhibe la
venta de estos elementos a China, mientras esta última anuncia inversiones sin
precedentes, para el perfeccionamiento de estos pequeñísimos y repetidos
exponencialmente, circuitos de energía, en los que descansa la era de la
pantalla: computadoras, celulares, tv, por ejemplo. El sonido, con todas sus
variantes, y los satélites, sistemas ópticos,
y un larguísimo etc.
