La palanca arquimedeana de la política global
parece retornar a la demografía, con el reposicionamiento de China que se proyecta
volver al cetro económico mundial después de cuatro siglos. Bueno, algunos cálculos hablan
de que ya es la primera potencia económica mundial.
De hecho, China, en el siglo XVI, era la
potencia global incontestable comercialmente hablando, sustentada en la
realidad de concentrar el desarrollo económico en la cuarta parte de la
población mundial, que ocupaba su territorio.
De recordar, que la Dinastía Ming, en 1405,
mucho antes de imponerse la acción colonial española y europea en América,
poseía los mayores navíos para la época con los que comercializaba sus productos
por el sudeste asiático hasta las riberas del Océano Índico.
A la postre, la resistencia de los gobiernos chinos
de expedir papel moneda y basar su sistema monetario en plata, permitió el
flujo comercial del metal extraído por los europeos desde América, cruzando el
orbe, hasta China, fomentado todo tipo de comercio entre Asia y el Viejo
Continente.
China, si se observa el histórico desde el año
cero, ha mantenido la primera posición a escala mundial en lo que respecta a la
población nacional. Sin embargo, la sola palanca “con que mover el mundo” de la
demografía, perdió brillo debido a las guerras tanto internas como internacionales,
a las que la potencia asiática se vio sometida, un desafío que lastró su sustento
tecnológico y permitió el ascenso político e imperial de potencias de Europa,
primero, y luego del propio Estados Unidos.
El Viejo Continente, si se considera su
conjunto, supera económicamente a China a inicios del siglo XIX, y los Estados
Unidos hacen lo mismo a finales del mismo.
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