El alza de precios de la energía es un fenómeno que impacta el mundo, a unos países con mayor o menor intensidad que a otros. Se explica por factores como la rotura de la cadena de suministros consecuencia de la pandemia, que preexiste; la guerra de Ucrania y el cenit de los recursos.
La pandemia, que a la postre condujo al cierre de las ciudades consecuencia de
los confinamientos, llevó a suministradores y logística de todo tipo,
incluyendo la de la energía a paralizarse: fue la época en la que, en bolsa, el
petróleo llegó a -35 dólares el barril, es decir, adquirías un barril y te
encimaban 35 dólares. Esta situación llevó a una quiebra inusitada de empresas
a lo largo del mundo, con efecto en suministros sensibles, un
vacío que en muchos casos no ha sido posible de llenar.
La guerra de Ucrania, que ha escalado a un nuevo nivel la batalla económica y
financiera entre Occidente y Eurasia. Esto adquiere realismo cuando al ser
Rusia el tanque histórico de abastecimiento de energéticos y materias primas de
Europa, y al que ya no puede acceder como en el pasado el Viejo Continente, ha
terminado por crispar los precios de los insumos a niveles que la prensa
europea cataloga como "jamás vistos".
El cenit de los recursos, un fenómeno relacionado con el techo y declive de la
producción al que llegan las fuentes naturales de suministros y materias
primas, debido a su constante y agudizada explotación, que toma excepcional
intensidad desde la revolución industrial, y frente a lo cual lo que obliga es
adaptación y transición de la sociedad humana, y lo que abre la puerta a una
modificación incluso del sistema económico.
Todo lo anterior ha llevado a la implementación de diversas medidas de control
de precios de la energía, que van desde techos de costos al mercado aplicados
por el Estado; impuestos a las empresas energéticas y subvenciones
generalizadas a los ciudadanos.
Este cóctel, en Europa, ha conducido en muchos casos a la quiebra de empresas
estratégicas de carácter energético y a la nacionalización de las mismas, algo que los acreedores de deuda en el mundo solo se lo permiten a los países centrales, dadas las implicaciones respecto del incremento de deuda nacional y déficit del Estado.
Pero, el tercer mundo, quien tiene las manos amarradas, salvo el enfrentar una situación como la de Argentina, la opción adoptada ha sido exponer las sociedades locales al progresivo incremento de las facturas, asumiendo el
riesgo de la aparición de fenómenos como la primavera árabe, las revoluciones de colores y ya en Latinoamérica, el reconocido estallido social.
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