El temor por la estabilidad de los Estados Unidos, evidente en el pasado traspaso de mando Trump-Biden, la crisis del frente nacional demócrata-republicano, el incremento de la deuda externa, la crisis de la producción o la caída en la credibilidad en el ámbito militar debido a situaciones como Siria o Afganistán, han llevado a los inversionistas a redistribuir sus apuestas en campos que afectan la hasta ahora preferencia del dólar o las empresas estadounidenses, desconfiando de que la solución siempre utilizada de inundar de liquidez, entregar dinero a bajas tasas de interés o de otra forma, emitir moneda pueda ser suficiente.
Ahora bien, las guerras han sido fuente de riqueza que se traducen en la bolsa, claro, siempre y cuando los países residencia del mercado bursátil, salgan victoriosos de las mismas, y no es el caso de la guerra en Ucrania. Una cosa es tener la expectativa de petróleo barato en las guerras de Iraq o Libia, y otra la esperanza perdida de obtener réditos del hundimiento del Estado ruso.
También es cierto que un escenario de este tipo, donde la potencia hegemónica expone abiertamente sus costuras, en el que entra en crisis su sistema bursátil, el efecto es que se arrastra el negativo a la economía global que tiene como característica una alta interdependencia, con consecuencia en una tensión que de sostenerse en el tiempo abre derivas militaristas insospechadas y que colocan en riesgo la existencia de la humanidad.
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