Las
economías declaradas ilícitas, se reinventan y, como casi todo lo que
conocemos, no es algo, ni mucho menos que nuevo.
La
marihuana, o, hachis, es una planta reconocida
por la humanidad desde el año 3000 antes de cristo, y ha tenido diversos usos.
Desde base alimenticia, producción de fibras y aceites, medicamento o, más
recientemente, para viajar, como dicen algunos de sus consumidores más asiduos.
Por cosas de la vida, fue declarada una “droga” ilegal desde mediados del siglo
XX, aunque, es cierto, que hay estudios que demuestran la correlación de su
consumo y el despertar de enfermedades mentales. Pero bueno, despertar enfermedades,
se hace con el consumo de diversos tipos de productos lícitos, que entran hasta
por los ojos.
Con la cocaína sucede otro tanto. Y van apareciendo nombres más contemporáneos. El laboratorio Merck de Alemania, del que luego escindiera Pfizer, desarrolló e inició la comercialización de cocaína desde comienzos del siglo XIX. Ya por 1946, cuando el negocio pasa de la farmacia a la calle, se realizó la histórica conferencia de la Habana, organizada por Charles Lucky Luciano, donde se dieron cita mafias estadounidenses y de la Cosa Nostra, italiana, con el fin de establecer los parámetros del negocio a nivel internacional.
De recordar, que en la década de los setentas del pasado siglo, se sostenía que la cocaína de laboratorio, nada tenía que ver en sus efectos con la cocaína producida en América del Sur.
Ahora bien, en los años setentas también fue declarada la guerra contra las drogas, mientras, paralelamente, los recursos económicos del negocio, apalancaron golpes de estado y grupos armados ilegales en un sin número de países del continente americano. Algo de eso de la destrucción creativa que desde siempre, ha sido practicada por los imperios como estrategia de control político y trinquete de la subordinación.
En
este momento estamos ingresando al capítulo del fentanilo una droga propiamente
de laboratorio o sintética, es decir, que está al margen de cultivos agrícolas,
si se piensa, en la marihuana y la cocaína.
Aún
así, los procesos de transformación de este tipo de mercados son una
oportunidad para salir de su círculo, pero, si no hay políticas ciertas para
aprovechar este escenario, puedes convertirte de nuevo en víctima de este tipo
de economía, o de otra forma, se puede alentar la actividad de la insurgencia
en el país, puntualmente en el caso colombiano.
En
este momento la realidad es que los campesinos no tienen quien les compre la
coca, porque está siendo sustituida por el fentanilo, que soporta una nueva economía,
que es "cientos de veces" más rentable que la asociada a la de la cocaína.
El
riesgo es que Colombia bien puede pasar de estar en el eslabón más bajo en la
economía de las drogas ilícitas, a ser eminentemente consumidor de drogas
importadas.
Pero
no termina allí. Los grupos armados ilegales soportados en este mercado,
tenderán a agudizar su acción sobre otras fuentes de financiación, como la
explotación de oro, u otras materias primas, en otro orden, el secuestro, el
hurto, prestación de "servicios de seguridad"..etc. Y, esto último,
significa, intensificar los efectos sobre las ciudades.
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