La voladura de los gasoductos Nord Stream, el puente
de Crimea, sobre el estrecho de Kerch; los bombardeos contra territorios de la
Federación rusa, como el llevado a cabo contra el aeródromo Engels o en Briansk,
los ataques con bomba en Moscú, dirigido a un intelectual cercano al Kremlin y donde
murió su hija, Daria Dugina, en agosto del pasado año y, el ocurrido recientemente,
en San Petersburgo, donde fallece un reconocido influencer que reportaba desde
zona de guerra, a fin al gobierno ruso, Vladien Tatarsky, hablan de la
intensidad que toma el choque militar entre Rusia y Washington.
Sin duda, este escenario, seria un imposible en la era
de la bipolaridad y la guerra fría, que de golpe se ha vuelto cotidiano, lo que,
en cualquier caso, recuerda lo latente que estamos de que se desate una guerra
nuclear, esto sin hablar, de como Europa Occidental y EEUU, lenta, pero inexorablemente,
progresan en el involucramiento y escalamiento de la confrontación en los alrededores
del río Dnieper.
La intensidad en las acciones militares va de la mano,
del auge de la economía China, la cereza de la torta que está detrás del espectáculo
de las diarias y frenéticas comparecencias de los representantes de los
gobiernos, en lo que no pasa un par de días, para encuentros entre
representantes de Europa y EEUU, y de las ofensivas y contraofensivas, en el
campo de batalla.


