Desde comenzada la guerra de Estados Unidos
contra Rusia en Ucrania ha trascendido la cruda historia de los sistemas
automáticos de lanzamiento de misiles intercontinentales que tienen las superpotencias
y que luego de la primera fase de una guerra nuclear iniciada con la orden de cualquiera
de nueve jefes de estado nucleares existentes en el mundo.
El E =mc2 de la pólvora iba a quedar en el pasado con la introducción de experimentos con los elementos extremos de la tabla periódica, misma caracterizada por el ruso Dmitri Mndeléyev(1869) y alemán Lothar Meyer(1870) y en particular el elemento físico más inestable y que tiende en mayor medida a fusionarse con otros, el Uranio. Mientras los científicos jugaban a buscar los ladrillos “del todo” y como se relacionaban, los estados encontraban en ello la posibilidad de un arma destructiva sin igual, tal como sucede ahora con la inteligencia artificial que expide las ordenes de ataque a los ejércitos de Estados Unidos o Israel soportados en el análisis de la información de cada persona sobre la tierra en contacto con un smartphone.
Luego de los experimentos en laboratorio de la energía nuclear, Estados Unidos creó en el desierto de Nevada una ciudadela para llevar a cabo explosiones a grandes volúmenes y en su dirección colocó a Robert Oppenheimer, quien al observar la magnitud de la primera detonación en 1951 afirmó “me he convertido en muerte, en destructor de mundos”. El trauma por el reflejo del hongo y las conocidas decenas de miles de víctimas carbonizadas en el acto y derivado de la explosión nuclear al lanzamiento de las bombas sobre población civil en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki realizada con el uso del Boeing B29, que tenía como piloto al Coronel Paul Tibbets y que había bautizado el aeroplano con el nombre de su madre “el Enola Gay Tibbets”, intentó ser contenido con la afirmación del presidente Truman cuando manifestó que la responsabilidad era únicamente suya. Entre otros, dicho avión sigue siendo una atracción en el Museo Nacional del Aire y el Espacio en Washington D.C.
Ahora bien, el uso de la bomba atómica por Estados Unidos ha estado sobre la mesa tanto en la guerra de Corea como Vietnam, pero el temor a que ello fuera observado por Moscú como una herramienta de guerra convencional, haría que Rusia degradara la legislación sobre su uso y facilitara un intercambio nuclear entre potencias. Sin embargo, la practica de llevar a cabo una decapitación de los dirigentes de los estados como fórmula de dominación como en las guerras iniciadas por Washington e Israel del último año contra Teherán, la guerra de los 12 días y la que está en curso, aviva la posibilidad de reacciones que rápidamente pueden escalar a un desastre nuclear.
El desarrollo de vehículos o cohetes estratosféricos e intercontinentales y de velocidades de Mach 5(que solo los posee Rusia, China e Irán), lo que significa que un misil tarda entre Moscú y Washington 15 minutos disuade “en algo” una escalada de este tipo, y ello sin considerar el uso de submarinos que fondean cerca de las fronteras marítimas entre las potencias adversantes.
Entre otros, la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Teherán en curso ha evidenciado lo mítico de las capacidades de interceptación de un misil, en cualquiera de sus denominaciones, una probabilidad del 5 por ciento si se piensa en la Cúpula de Hierro.
En su libro Un Escenario Nuclear escrito por Annie Jacobsen y publicado en 2024, se estima que cada bomba nuclear sobre las ciudades producirá alrededor de un millón de víctimas. Rusia posee cerca de 6 mil de estas armas y Estados Unidos alrededor de 5 mil. Y según este mismo libro, hecho a través de un gran número de entrevistas a expertos académicos y militares, el invierno nuclear que sobrevendría a un intercambio de los arsenales atómicos(10 años de oscuridad sobre la tierra) derivaría en la muerte de 5 mil millones de personas.
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