Mientras la Unión Europea se queda en reclamos
a Estados Unidos, que ahora colocará aranceles a sus productos en su ingreso a
la Unión Americana, lo que se une a la desindustrialización del Viejo Continente provocada de nuevo por
Washington en su intento de doblegar a Rusia, que derivó en la guerra de
Ucrania y que está sembrando en suelo gringo, lo que se intensificará con la
progresión arancelaria de Wall Street, otras naciones han comprendido que el
mercantilismo de la era del auge de la hegemonía estadounidense ha culminado y
que hay que ponerse manos a la obra.
Lula no solo ha llamado la atención en una
reciente declaración de que EEUU no es el sheriff del planeta (realizada
precisamente desde Japón en visita de esta semana que termina) si no que ha
entendido que el mundo basado en reglas del orden neoliberal, de hecho, de carácter
colonial, son papel mojado.
Quien se quede de brazos cruzados y en
reclamaciones a Estados Unidos porque patea un orden internacional, que aunque
construyó desde la Segunda Guerra Mundial (poblacionalmente unas 4 generaciones),
y ya le resulta inservible puesto que Wall Street inclinó la balanza a vivir del trabajo del
resto de naciones del orbe, es decir, de las emisiones de dólares, mientras
cedió la factoría y el desarrollo tecnológico a Oriente, no ha entendido la
oportunidad históricamente excepcional que tiene ante sus ojos. La caída de los
imperios no se da precisamente de cuando en cuando.
En medio de la turbulencia por la elección de Trump,
el presidente Lula impulsó y materializó el acuerdo Mercosur-Unión Europea, cruzado
por una negociación “de 25 años de duración”, entre otros al que se oponía el
mismo Estados Unidos, y es un doble hit porque Brasil adquiere un papel importante
como un articulador más (con China) de los BRICS+, con el Viejo Continente. Por
su parte, busca estimular los históricos lazos comerciales e intercambio de tecnología
con Alemania y Francia, con lo que Brasilia busca motivar un gradiente
industrializador de carácter nacional. Se reitera, acuerdos que han sido
corrientemente vigilados y torpedeados por Washington. Del otro lado de ecuación,
la Unión Europea se beneficia del acceso a productos agrícolas y materias
primas escasos en su propio suelo. Los problemas demográficos europeos y de los
precios de la energía bien pueden sobrellevarse con la palanca que en este
sentido posee el gigante latinoamericano (la que puede volverse más grande si
Brasil extiende el acuerdo de acceso al gas de Bolivia con otro que le permita beneficiarse
de los recursos de Venezuela al alcance de un país también fronterizo y con el
que le salga al paso a la prevalencia que este sentido tiene China o Rusia).
La semana culmina con la comunicación de
Planalto originada en Tokio donde el premier carioca reconoce la importancia de
la decisión tomada por unanimidad de procesar al expresidente Bolsonaro por
parte de la primera sala de Tribunal Supremo Federal respecto del intento de
golpe de estado, toda vez que reconoce que la relación Brasil-Japón adquiere
una nueva dimensión. El presidente brasileño culmina la visita de Estado con la
firma de diez acuerdos destinados a fortalecer las relaciones económicas y
comerciales, así como 80 instrumentos de cooperación.
Brasilia duplica la estrategia comercial que
dispone para la Unión Europea. Japón es dependiente de la importación de
alimentos y materias primas, algo en dificultades con la escena comercial que
plantea Estados Unidos. La alternativa de Tokio en sus inmediaciones es Rusia,
pero las relaciones con Moscú no pasan por buen momento debido a que Japón ha
quedado atrapado en la estrategia europea respecto de la guerra en Ucrania.
+No hay duda que la reconfiguración de las relaciones comerciales colombianas son definitivas si se piensa en un proyecto político a largo plazo de carácter democrático que de extensión al actual.
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