La hiperconexión actualiza la
discusión de Georges Canguilhem sobre “lo normal y lo patológico”. ¿Qué es lo
normal y que lo enfermizo?
Como se sabe el promedio de conexión a aplicaciones de internet oscila en torno a las 7 horas diarias y ello representa una transformación de las relaciones sociales, un mundo del antes y después de la generalización de la internet, la comprensión y construcción de la realidad entre seres humanos.
De hecho, son las Big Tech las que intermedian las relaciones interpersonales. Lo divino y lo humano queda allí expuesto, a tal punto que las tecnológicas conocen de cada persona más que cualquier otro en las cercanías de un individuo, su familia o amigos.
Un sacerdote conocía de los pecados, algo bien parcial de la vida privada y que se compartía con algún nivel de voluntariedad, so pena del castigo divino, la ideología predominante en el momento. Sin embargo, la penetración de las aplicaciones digitales en la vida cotidiana arrancó vendiéndose como la agilización de la mensajería “personal” mediante hilos de cobre o fibra óptica, la comunicación interpersonal ya no fija soportada en cables, sino por medio de ondas hertzianas mediante el smartphone (el teléfono elegante). De la comunicación se pasó a la "administración del ocio", los juegos online, a la comunicación en audio y video, a la sustitución de la tv, radio análoga y periódicos. El smartphone se transformó en la prótesis o extensión más estrecha, que completa las demás prendas del ajuar, tan indivisible como las prendas de vestir, sin lo que no se puede salir de la casa, en síntesis, vivir.
Ahora que se conoce de los impactos en el desarrollo congnitivo de los niños y que puede echar a perder años enteros en su desarrollo en la primera infancia(que como con el déficit alimentario genera efectos para toda la vida) y en los adultos donde la envoltura de la rueca de pantallazos apenas deja respirar, los visibles hilos con los que las grandes tecnológicas controlan las personas, se pretende localizar la respuesta(una no respuesta realmente) al como distanciarse de los dispositivos digitales, porque no es solo una adicción, es el imperativo tecnológico que ahora mismo impone el mundo laboral, un desdoblamiento de la flexibilización del empleo de los años ochenta del pasado siglo, ya en la era tecnológica.
Ya no solo no hay jefes, con la maniobra universalmente adoptada, donde los trabajadores siguen estando supeditados a empresas pero donde estas se descargan las responsabilidades asociadas al vínculo laboral(que termina asumiendo bien parcialmente el Estado y se lanza a la desprotección a las personas), si no que los horarios también se vuelven universales debido a la conexión vía WhatsApp, a la que se "debe" responder en todo momento so pena... de ya se sabe, en un mundo donde el empleo informal hace que la oferta de trabajadores sea indefinida.
Las iniciativas comerciales individuales, la reventa o prestación de servicios son otro "prefijo" en esta historia.
La transformación de la vida es de tal envergadura que no existe el antónimo a la “realidad virtual”, la realidad del mundo pre-internet, no hay como describirla debido a la universalización de la comunicación en la que median las Big Tech y los smartphone.
Una cosa es que las personas conforme a su necesidad de comunicación opten por el uso de lo digital para comunicarse con su familia u otras personas y otra bien distinta el que existen diversos condicionantes, económicos como políticos y ya en la era tecnológica, culturales que impiden o disuaden el que ello pueda realizarse.
Saturar las personas para desviar su atención, perder la capacidad intuitiva y sensorial para hacer ilusionismo no es una práctica precisamente nueva, y lo que se presenta como avance en el mundo de hoy respecto de la adopción de Tecnologías de la Información y la Comunicación, el consumo de la internet, tiene como oficio el dominio y control del que hacer de las personas antes que el incentivo del desarrollo del conocimiento o la comunicación interpersonal.
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