A comienzos de siglo XX, en medio de la ebriedad que producía la hegemonía estadounidense y luego de los ataques a las torres gemelas, la retórica originada en Washington era impuesta por un mensaje unificado a través de los mass media en el planeta.
A la
postre este dispositivo de control fue perfeccionado con la profundización de
la internet, cocinado a la sazón del orden fundado en el concepto de las Sociedades
Abiertas definida por una incuestionada Neutralidad de la Internet, cifrada en que
ningún país debía regular la operación de la misma, ni siquiera las instituciones
federales de Estados Unidos, algo que explicita no solo el poder político de la
élite económica de Wall Street sobre el propio orden en la Unión Americana, que
decir, sobre el resto del mundo.
Este movimiento geoeconómico de Estados Unidos,
en el que las empresas fabriles que entregaron su auge global se ven desplazadas
por empresas del mundo de la internet, representa un giro excepcional donde se
sitúa el control ideológico como fundamento de la misma producción y el consumo.
Esta mecánica es la que permitió encumbrar y
hacer predominante en todo tipo de foros económicos internacionales y
proyectado desde la unicidad de los mass media, la evolución del parámetro referencial
del capitalismo, que transita del contraste capitalismo/socialismo al
presupuestado choque entre Globalización y terrorismo, una dualidad añejada con
el denominado Choque de Culturas.
La idea era que existían sociedades, más que
países, que fueron perdedoras de la Globalización, algo que debía ser abordado
por una mezcla de represión e intervención militar y la zanahoria de las
inversiones-la “ayuda humanitaria” de Ongs y Organizaciones de la Sociedad
Civil y de la ONU financiadas por compañías de EEUU o del propio Washington-
y que aperturó la era de las Guerras Justas, una definición y puesta en marcha
con lo que de facto se desapareció el rol de la Organización de Naciones Unidas,
mientras las multinacionales estadounidenses aceitaban con recursos su aparataje
burocrático.
Los montajes para la justificación de la Guerra Justa brillaron por doquier y de diversas formas. ¡Al Qaeda está en
Afganistán! para desatar la guerra de retaliación contra Kabul; las armas de
destrucción masiva en Iraq, la guerra para imponer la democracia y contra los
autoritarismos en Libia. El vórtice adquirió nueva forma con “el caos creativo”
que diera sentido a la actividad del Policía Mundial, y llevado a cabo con el
auspicio de los algoritmos que gestionan las redes so-ciales en medio de la
revolución árabe (que derivó en la actual guerra en Siria), las revoluciones de
terciopelo o naranja en Europa Oriental, responsable de la actual conflagración
en Europa con la guerra en Ucrania.
El tiro por la culata es el caso colombiano, o
lo que sucede con el ascenso de partidos que han terminado por romper el bipardismo
o la perspectiva de la “democracia liberal” ya en el contexto de la
Globalización que sobreviene a la Segunda Guerra en Europa Occidental.
La crisis de la hegemonía tiene eco en la
crisis de la posverdad que imprimía al mundo el enorme stencil bajo control de
Occidente, el mismo que ha monetarizado la economía país a país si se piensa en
el billete verde, donde la tinta
adquiere forma de inflación, un fenómeno que se extiende al despertar de las
naciones en la Organización de Naciones Unidas, todo posible por el auge del
periodo protohistórico de la multipolaridad, la emergencia de China, los BRICS
+, la rotura del Swift y el choque militar entre potencias.
