Más allá de la discusión sobre la transición
energética, lo cierto es que hoy por hoy
cada país del mundo esta batallando por el acceso a los combustibles fósiles, un
factor que sella el desarrollo de la humanidad y que está ligado a la dinámica
de la economía tanto por el nivel de consumo, como por la afectación que los
altos precios del crudo efectúa sobre las cuentas nacionales, a favor o en
contra, según se sea un exportador, se tenga abastecimiento local, o se dependa
totalmente de suministros.
Estados Unidos relanza su estrategia
hegemónica, conforme desata su carrera meteórica en torno a la producción de
combustibles no convencionales, lo que le permitió a la Unión Americana salir
al paso a la crisis financiera del año 2008, disminuyendo progresivamente sus importaciones
petroleras, debilitando la Organización de Estados Productores de Petróleo-OPEP,
e incluso, mediante exportaciones de crudo, regular el precio global.
Estados Unidos parte en 2008 con una producción diaria de 7,8 millones de barriles,
para escalar a 19,3 millones de barrilles
durante 2019, sin embargo, este fenómeno tuvo su propio punto de inflexión en
2020, con el traspiés que significó los bajos precios del oro negro durante el auge de la
pandemia del coronavirus, lo que provocó una serie de quiebras de empresas dedicadas
al fracking, y que hoy tiene a EEUU con importaciones de aproximadamente un
millón de barriles de crudo día.
Aun así, el milagro del fracking, que traduce a
su vez una maldición ambiental en suelo estadounidense, permitió a China y otras
potencias emergentes reposicionarse en torno al petróleo del Medio Oriente, provocando
una transición geopolíticamente hablando, de esta región, dejando expuestas al
resto de economías occidentales, y de lo que finalmente dependía la
sustentación del orden unipolar.
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