Para Tomas Meaney, quien problematiza la
estrategia verde promovida por la izquierda en Estados Unidos en “Las Fortunas
del Green New Deal” advierte que la mona vestida de verde tiene verdaderamente
fines económicos y geopolíticos de Washington, que tiene que ver con la puesta
en marcha de “un nuevo motor de crecimiento capaz de corregir algunos de los
excesos cometidos por la desindustrialización de la década de 1990”.
En el fondo el Green New Deal, que adquiere sustrato en los informes del Intergovernmental Panel on Climate Change, terminó convertido en la Inflation Reduction Act, un paquete de estímulo para recuperar el espacio perdido por Estados Unidos en el campo del hardware a manos de China, en particular, la batalla en nanómetros regida por el desarrollo de los microchips.
La Inflation Reduction Act tiene matriz, a su vez, en el programa climático de Bernie Sanders, aunque fue retirado del mismo el capítulo de compromisos sociales y laborales, sin mayor repulsa del demócrata y senador por Vermont.
El salto hacia adelante propuesto a la Unión Americana y su élite empresarial presumía de no implicar “sacrificio alguno” mientras sostenía la necesaria “expansión productiva en los campos de la energía limpia y la renovación de infraestructuras”. Agregaba “propiciando la creación de puestos de trabajo, el fomento de la innovación en las tecnologías verdes y el fortalecimiento de la seguridad energética.
No es el único. Otros teóricos como Jeremy Rifkin adoptaron implícitamente un orden mundial en clave estadounidense (obviado en sus escritos). Aunque con un cierto nivel de distopía planteaba “El fin del trabajo” o “La economía del Hidrógeno”, por nombrar algunos de sus textos. En el Green New Deal Global, el más reciente texto de 2019(sin referencia a la pandemia), no es diferente.
El tercer mundo ha financiado por centurias las metrópolis coloniales y el nuevo modelo, aunque con nuevos conceptos y tecnologías, buscaba progresar en igual dirección.
El modelo colonial de Estados Unidos que preveía expandirse durante décadas gestionado por las tecnológicas ha entrado en crisis con la emergencia de otras potencias que compiten con eficacia en su propio terreno, por lo que las Big Tech pasaron de tener el cielo entre sus manos a verse enfrentadas a la perspectiva de su disolución, con lo que EEUU intenta reabrir un escenario de competencia empresarial que permita la creación industrial con que enfrentar la distancia que ya toma China. De hecho, los tribunales federales en EEUU, curiosamente ahora se enteraron que Google o Microsoft son monopolios, entre otras tantas, y plantean ahora mecanismos para su desagregación, un verdadero terremoto debido a que es a través del Nasdaq que se han condensado montañas de dólares impresos y lo que en medio de un mercado de competencia llevará a que se esfumen como pérdidas.
Como efecto de la entrada de la multipolaridad y de como China se impone en las tecnologías verdes, ya en Europa Occidental (en particular Francia) y Estados Unidos han redefinido el rol de la energía nuclear. También manifiestan “temor” por las tecnologías 5G, la electromovilidad o movilidad autónoma, el soporte satelital o los smartphones desarrollados por Beijing. Sucedió con la vacuna Sinopharm en medio de la pandemia.
La tercera revolución industrial gestionada con exclusividad por el hegemon occidental se quedó pues en veremos y EEUU se hunde en proyectos, en los que convergen demócratas como republicanos, del desarrollo del fracking en su suelo o en Canadá.
El músculo productivo chino y su acumulado en inversión social, demuestran que el horizonte no está en ser consumidores de las grandes multinacionales occidentales, ser el móvil de la gran vitrina global de las Big Tech, la informalización universal del trabajo o degradar los estados nacionales.
De lo anterior no se colige que se avale el negacionismo del cambio climático, pero lo cierto es que el Green New Deal hace parte de una batalla más que contra la transformación del clima, como debería ser, el reto planteado entre potencias por la supremacía.


