Empujar la sociedad a la guerra,
no se produce en medio de un Estado de bienestar, sin duda.
Esto precisamente, por que un
Estado de bienestar, permite garantías sociales que repercuten en el desarrollo
de derechos, de diversos tipos, que van de la sanidad, a la educación, alimentación,
el tiempo libre… Y ello, permite el
logro de una sociedad, más consciente políticamente hablando, y menos permisiva
al autoritarismo y finalmente a la guerra.
Por eso, para inducir una
sociedad a la sin salida de la guerra, procede, primero un lastre ideológico
afín a la confrontación llevada a cabo desde los medios, cada cual, para su
época, lo que se mezcla, con el progresivo deterioro de las condiciones de
vida. Lo demás, viene por añadidura.
El presidente de Francia, anunciaba
el pasado año que el país se enfrentaba “al fin de la abundancia”. Lo que parece
obvio, con la imposición, hasta por encima del parlamento galo, de la ley que
incrementa la edad de jubilación, hace ya una semana larga, lo que desde entonces ha desatado fuertes protestas en París.
En extenso, como se sabe,
Occidente está sometido a una excepcional inflación, que en los países centrales
se mitiga por momentos con subvenciones a la energía o alimentos, entre otras muchas ayudas,
mientras que en la periferia, el fenómeno agudiza los problemas concomitantes
de desempleo, informalidad laboral y pobreza.
Ahora bien, las subvenciones en los países centrales, quienes de hecho poseen altos niveles de endeudamiento, se vuelven insostenibles en el largo plazo, so pena de obligar a la banca central a la emisión de dinero sin respaldo, un reverbero para la inflación, que vuelve papel mojado todos los esfuerzos de los gobiernos para su contención.
La cuadratura del círculo se diría.
No hay que olvidar, que precisamente un escenario de declive económico e inflación, fueron escenarios previos de las dos grandes guerras totales, que ha vivido la humanidad.


