La historia
de China como potencia suprema del orbe apenas ha tenido un gran golpe a la
postre del siglo XIX con las sucesivas guerras que las potencias europeas
declararon a Beijing y que, por concebir la economía como determinante del
quehacer al margen del orden militar, permitió al Viejo Continente doblegar y
envolver en la guerra interior al denominado imperio del centro, lo que incluyó
por su puesto promover el consumo de opio en dicha sociedad.
Parece una historia calcada a lo que sucede con Colombia.
El sacudón del gigante asiático arranca desde sus cenizas, las que tomó la revolución China y con su propio ensayo y error, floreció ya en el último tercio del siglo XX en particular con el desarrollo de un estado keynesiano, que supo sobre llevar el impacto de la desaparición de la Unión Soviética evitando la tentación de dejarse someter como tercero en el vagón del capitalismo estadounidense u occidental (como si lo quiso Moscú).
El momento de la emergencia de China llegó cuando la crisis de tasa de ganancia y de sobreproducción, un fenómeno que caracteriza el capitalismo y que lo conduce al ejercicio de imperialismo como forma de expansión continuada en el orden geoeconómico, condujo a Estados Unidos a permitir el ingreso de China a la Organización Internacional del Comercio en 2001, como mecanismo para diluir la presión que ya a finales del siglo XX hacía Beijing cuando ya se convertía en tenedor importante de deuda o bonos del tesoro estadounidense.
Pero lo que parecía una forma de ganar tiempo para dar respuesta al desafío chino en cuanto a su desarrollo económico por parte de Estados Unidos, se convirtió en su principal trampa. Wall Street se embriagó con los efectos de las emisiones de dólares y de donde salieron los magnates no vistos en la historia de la humanidad, mientras cedió su sector fabril a China. El consuelo era considerar la cultura china como incapaz de lograr un milagro no solo económico si no tecnológico de carácter independiente, un error fatal del que hoy conocemos sus resultados en tanto que Beijing ha dejado a la saga a Occidente respecto de capacidades de investigación y desarrollo de ciencia aplicada en casi todos los órdenes estratégicos.
Ahora bien, la aceleración de la actividad del esténcil de Washington en los últimos 25 años ha conducido a magnates de Wall Street y políticos de Estados Unidos a tomar cartas en el asunto. Esta semana que pasa desde el jardín de la Casa Blanca, Trump derogó el orden económico global que Estados Unidos había estado construyendo tras décadas, con la imposición de aranceles a la practica totalidad de países del mundo, un mecanismo con el que hacer valer el peso que aún tiene el dólar en la economía y finanzas mundiales, antes que continuar con el proceso que impulsan los Demócratas, que es seguir emitiendo con la esperanza de una expansión geoeconómica por la vía militar sobre Rusia y China les de la redención que les pueda salvar del eclipse al que progresivamente exponen al billete verde.
A Beijing le impuso un arancel de 34%, lo que significaba descarrilar la expectativa de crecimiento económico chino en 2025 que pretende ser en torno al 5% y la potencial cimentación de su implosión socioeconómica.
Contrario a otras escaladas arancelarias de la última década planteada por Estados Unidos a Beijing, y que este último contenía con medidas asimétricas como la devaluación del yuan o incluso solo mostrando su molestia, la decisión sobre “el día de la libertad” recibió una decisión espejo que ha dejado al magnate de Mar A-Lago afirmando que China “jugo mal, entraron en pánico” y a las bolsas de valores estadounidenses acumular 6 billones de dólares en pérdidas en dos días.
Quizás quien calculó mal fue Wall Street. Al parecer, la perspectiva de Washington era obligar a China a sentarse en una negociación, que redujese un tanto el 34% de arancel impuesto desde el frontal de la Casa Blanca mientras consideraban que Beijing echaría a su vez sobre los hombros de empresarios y trabajadores chinos los costos arancelarios o lo que consideran los negociantes de la Calle del Comercio en New York, la fórmula para extraer más recursos de los considerados países de la periferia estadounidense, con que mitigar su déficit.
Es posible afirmar pues que lo que está ante nuestros ojos es algo que va más allá, en términos históricos, que la caída de la Cortina de Hierro entre otros porque Estados Unidos ha monetarizado las economías del orbe, país a país, en dólares, algo bien diferente si se piensa en el efecto focalizado del desplome soviético.
Aunque los noticiarios abren con los titulares de la debacle, pocos consideran que el efecto tocará a sus puertas: están equivocados.
Puzzle de publicaciones<< >> Blog<< <<Geoeconomía> <Geoconflictos> <Geoenergía> <Biosfera>
