2024/10/19

Vamos pasando lentamente del antropocentrismo, donde el ser humano se ha creído el creador a una visión menos adulante.

Este mismo antropocentrismo, el del ser humano creador o descubridor, más bien, es sobre el que se soporta la economía. Es decir, hay que hacer algún tipo de tributo a quien descubre, lo que después mutó por ejemplo al sistema de patentes, hallazgos que terminan siendo explotados por las grandes industrias, la producción serial que es lo que da forma a lo que denominamos capitalismo.

Pero todo esto deja de lado la realidad de que es la naturaleza quien a fuerza de procesos inconmensurables de tiempo y mezcla del binomio materia energía, quien ha forjado lo que la humanidad explota.

El Big Bang tan infinito como incesante de la creación que se repite a ojos en todo momento, desde la multiplicación celular en la concepción y reproducción animal, lo que incluye los seres humanos, o un simple fruto que nos ofrece cualquier planta.

Todo está elaborado de ladrillos fundamentales, los átomos, que dependiendo el tejido que guíen “las fuerzas naturales” producen desde la materia viva como la inerte, en la que contrario a lo que se piensa hay variados puentes de comunicación. Tantos como la diversidad natural existente y no es solo la que es perceptible por los sentidos humanos, que son ciertamente bien limitados.

Esta danza de la energía a la que poco le importa o le es significante la existencia humana, es la que procura todo realmente.

Cuando se habla de proteger la naturaleza, no es tal, y de nuevo hace parte del concepto de “humano creador del mundo”. Quizás debería reconocerse que cuando se habla de cuidar la naturaleza se pretende es proteger que los bienes naturales entregados en las manos a los seres humanos desaparezcan, y con ello la humanidad.

Los seres humanos emulan de manera rudimentaria lo que produce la naturaleza de manera perfecta y en cantidades “sobre-humanas”. Nada puede acercarse a lo excepcional de la fotosíntesis que toma los rayos del sol y produce la vida, por que de las plantas devienen los frutos y alimentos y de estos los animales.

Las plantas son ciertamente perfectas. Y que decir del mundo celular, en donde en la penumbra de todo lo humano tejen la vida, la misma que permite que respiremos, que palpite el corazón, que se lleve a cabo cada uno de los procesos infinitos que nos mantienen en pie.

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