Iván Saldarriaga
Hace mucho tiempo que no se vivía una incertidumbre económica global como la presente.
“Crisis de confianza” la llaman algunos. Las escandalosas cifras que que se mencionan como necesarias para rescatar a los bancos de los EE.UU con problemas señalan la magnitud de un problema que se sale de lo meramente económico y plantea dilemas políticos y morales precisamente a poco más de un mes de las elecciones presidenciales de ese país.
Esta semana en uno de los carteles de la manifestación en Nueva York contra el plan de salvamento de la administración Bush, se leía: “Stop wall street greed”(detengan la codicia de wall street).
La codicia es algo defendido abiertamente por casi todos pero la forma concreta de conseguirla suele generar toda clase de controversias. ¿Cómo así que se pretende rescatar grandes bancos con los impuestos de los contribuyentes? ¿Y es que no eran exclusivamente privados cuando reportaban utilidades?
Las fuertes oscilaciones en las bolsas de valores de todo el mundo van a continuar al ritmo de la suerte de los planes de rescate en el Congreso de los Estados Unidos. La comparación con la crisis de los 30 no es posible porque ahora se evitan las políticas contraccionistas y las subidas de las tasas de interés que en esa ocasión siguieron a las caídas de las bolsas.
Pero no deja de inquietar la similitud de circunstancias en cuanto a que la crisis actual empieza por un desfase entre una demanda insuficiente para unos precios que en el mercado se consideran demasiado altos. En este caso ha empezado por el sector inmobiliario.
La presión para la contracción es demasiado grande y es posible que no exista intervención del estado capaz de revertir la tendencia pues otra característica de las cifras de que se habla, además de su enorme tamaño, es su indeterminación, pues se ignora el tamaño exacto del déficit de los bancos.
Pero el tiempo sigue corriendo y en el futuro inmediato además de observar las tasas de desempleo habrá que mirar las consecuencias políticas de la erosión de la autoridad moral de un sistema económico global inequitativo que ha sido diseñado para servir sólo a los intereses particulares de una elite que controla no solo la economía sino también las decisiones del estado y deja de lado los intereses de las mayorías a las que dice defender el sistema democrático.
“Crisis de confianza” la llaman algunos. Las escandalosas cifras que que se mencionan como necesarias para rescatar a los bancos de los EE.UU con problemas señalan la magnitud de un problema que se sale de lo meramente económico y plantea dilemas políticos y morales precisamente a poco más de un mes de las elecciones presidenciales de ese país.
Esta semana en uno de los carteles de la manifestación en Nueva York contra el plan de salvamento de la administración Bush, se leía: “Stop wall street greed”(detengan la codicia de wall street).
La codicia es algo defendido abiertamente por casi todos pero la forma concreta de conseguirla suele generar toda clase de controversias. ¿Cómo así que se pretende rescatar grandes bancos con los impuestos de los contribuyentes? ¿Y es que no eran exclusivamente privados cuando reportaban utilidades?
Las fuertes oscilaciones en las bolsas de valores de todo el mundo van a continuar al ritmo de la suerte de los planes de rescate en el Congreso de los Estados Unidos. La comparación con la crisis de los 30 no es posible porque ahora se evitan las políticas contraccionistas y las subidas de las tasas de interés que en esa ocasión siguieron a las caídas de las bolsas.
Pero no deja de inquietar la similitud de circunstancias en cuanto a que la crisis actual empieza por un desfase entre una demanda insuficiente para unos precios que en el mercado se consideran demasiado altos. En este caso ha empezado por el sector inmobiliario.
La presión para la contracción es demasiado grande y es posible que no exista intervención del estado capaz de revertir la tendencia pues otra característica de las cifras de que se habla, además de su enorme tamaño, es su indeterminación, pues se ignora el tamaño exacto del déficit de los bancos.
Pero el tiempo sigue corriendo y en el futuro inmediato además de observar las tasas de desempleo habrá que mirar las consecuencias políticas de la erosión de la autoridad moral de un sistema económico global inequitativo que ha sido diseñado para servir sólo a los intereses particulares de una elite que controla no solo la economía sino también las decisiones del estado y deja de lado los intereses de las mayorías a las que dice defender el sistema democrático.

